Sushiknights Literario

Esto podria ser parte del maletin literario de Sushiknights.
y aunque lo anterior diste mucho de ser cierto, ya que podriamos decir que la "literatura tradicional" en Sushiknights si bien no está exiliada, es más una excepción que una regla, y a veces como en el caso de este post está mas que justificada.
Resulta que hace un par o trio de semanas, me llegó un mail de una escritora que quería poner un escrito en nuestra "revista", y se trataba de una escritora con una vasta trayectoria...
Bueno, no tan tan vasta, pero lo suficiente para tener dos libros publicados (con ISBN y todo, no como las tesis que hacemos los ingenieros) y haber participado en varias obras colectivas con autores como Luis Eduardo Aute y Enrique Vila-Matas .
Ella es Cristina Grande y para los que no la ubican es una escritora y fotografa española
Bueno, finalmente todo resultó ser una coincidencia con un tocayo (bien tocayo de esos de nombre y apellido, que mas parecen alter ego) mío, y si bien fue divertida, no quedó solamente ahí, sino que ha tenido resultado inesperado (para mí) ya que Cristina me ha permitido poner un cuento de ella aquí mismo en SK. Gracias Cristina!
El cuento es el siguiente, espero que les guste.
Llevábamos tres años juntos. Tres años de idilio. Nuestros amigos envidiaban la felicidad que no podíamos ocultar. Sólo habíamos discutido tres o cuatro veces desde que vivíamos juntos, pero por asuntos sin importancia. Una vez porque yo estaba segura de que era James Spader el que salía en no sé qué película, y Mario se empeñaba en que era otro actor. No me gusta discutir. Tengo mala memoria para los datos, nombres y fechas. Normalmente confío en la memoria de los demás más que en la mía, y solamente cuando estoy completamente segura de algo, muy raramente, me atrevo a iniciar una discusión. Las discusiones me alteran mucho. Me acaloro.
En el viaje a Portugal todo iba como la seda. Un rato conducía yo, y otro rato conducía Mario. Siempre llovía cuando conducía Mario. Afortunadamente dejaba de llover cuando llegábamos a los sitios, y no tuvimos que sacar los paraguas en todo el viaje. Habíamos entrado en Portugal por Bragança, donde ya el primer día nos hicimos adictos al vino verde. En todas las comidas caía una botella de vino verde. Después de seis días de viaje decidimos hacer un día de playa, en plan relajado. A Mario le gusta el mar, tumbarse en la arena a leer los periódicos, saltar las olas, y recordar los veraneos de su infancia en Salou.
Fuimos a Cascais por la carretera de la costa. El Atlántico estaba embravecido. Hacía frío para ser agosto. Como nos habíamos levantado tarde, porque la noche anterior habíamos estado en algunos garitos que salían en la guía nocturna de Lisboa, llegamos a Cascais pasada ya la hora de comer. Nos metimos en el primer sitio que encontramos, el Mar do Inferno, un restaurante junto al mar cuya especialidad era el marisco. A mí me apeteció la langosta y el camarero se empeñó en que nos comiéramos un bogavante de kilo y medio que ya estaba cocido. Estaba delicioso. A mi derecha, junto a la puerta del restaurante, había una pecera por la que entraba la luz de la calle. Al trasluz, las langostas parecían oscuras arañas amontonadas unas encima de otras.
-Parecen arañas, las langostas- le dije a Mario, que aún luchaba con una pata de bogavante mientras yo terminaba la botella de vinho verde.
-Sí, tienen algo de insectos estos bichos- dijo Mario.
-Más de arañas que de insectos- le corregí en plan sabelotodo.
-Pues eso digo, podrían ser arañas o cualquier otro insecto primitivo.
-Pero es que las arañas no son insectos- dije yo muy segura de mis palabras.
-Claro que son insectos- dijo Mario todavía más seguro que yo.
-Que no son insectos. Son artrópodos, arácnidos, de ocho patas, pero no son insectos- dije yo levantando un poco la voz. Vida y color es la única colección de cromos que completé en mi infancia.
-Vale, vale- dijo Mario como dándome a mí la perra gorda, pero con cara de escepticismo.
Cuando salimos del Mar do Inferno el día había mejorado. El sol brillaba por debajo de las nubes colgadas en lo alto del cielo como la lona de una carpa. Si encontrábamos una playa a pie de carretera, de vuelta a Lisboa, aún podríamos bañarnos. Fue en Carcavelos donde finalmente nos detuvimos. Mario se puso el traje de baño junto al maletero del coche enseñando el culo a los transeúntes. Yo preferí sentarme en la arena mientras él se bañaba. De lejos, sus piernas y brazos se veían muy delgados con respecto a su cuerpo. La marea estaba subiendo y una ola me mojó los pies. El agua estaba helada. Mario salió al cabo de unos quince minutos. Tenía la piel enrojecida por el bateo de las olas y me acordé del bogavante. Parecía feliz. Dijo que no estaba tan fría el agua, y que estaba muy salada. Más salada que la del Mediterráneo, afirmó sin dudarlo. Qué raro, dije yo, creía que el agua del mar es más salada que la de los océanos. Mario hizo amago de empezar otra discusión como la de las arañas y los insectos, pero rápidamente me levanté de la arena y me fui hacia el coche. Al día siguiente regresábamos a casa.
Entre las cuerdas del tendedero, en una esquina, había una telaraña tejida durante nuestra ausencia. Había un mosquito atrapado en ella. Me enfadé con Mario cuando destruyó la tela sin ningún miramiento. A los dos días otra tela volvía a relucir en la misma esquina. Procuraba ser yo quien tendiera la ropa para que Mario no cayera en la tentación de eliminarla. Y cada vez que veía la telaraña me acordaba del día del bogavante. Con la enciclopedia en la mano le había demostrado a Mario la diferencia entre insectos y arácnidos y él no había dicho nada, pero me había mirado con cara de “te estás pasando de lista, guapa”. Tres meses después del viaje a Portugal, cuando la araña del tendedero ya debía de estar invernando, Mario y yo nos separamos amistosamente. En el rellano de su escalera, nos dijimos adiós con un par de besos en las mejillas. No hemos vuelto a vernos ni a llamarnos, y eso que vivimos en el mismo barrio.
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